Hay una frase que repetimos con frecuencia:
“Me exijo demasiado.”
Queremos trabajar más, ganar más, vernos mejor, tener una pareja estable, formar una familia, mantener vínculos saludables, hacer ejercicio, comer bien, viajar, disfrutar, ser buenos padres, tener una casa linda, aprovechar el tiempo y, además, sentirnos bien mientras hacemos todo eso.
Y cuando no conseguimos cumplir con todo, muchas veces pensamos que el problema somos nosotros.
Que no somos suficientemente disciplinados.
Que nos falta organización.
Que estamos desaprovechando nuestro potencial.
Que deberíamos esforzarnos un poco más.
Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿De dónde vienen todas esas expectativas?
¿Realmente nos exigimos nosotros mismos?
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de elección y libertad.
“Haz lo que te haga feliz.”
“Cumple tus sueños.”
“Sé tu mejor versión.”
“Trabaja por lo que quieres.”
“Construye la vida que deseas.”
En apariencia, nadie nos está obligando.
Sin embargo, las expectativas no aparecen de la nada.
Desde que somos pequeños aprendemos, de nuestra familia, nuestra cultura, la escuela, los medios de comunicación y nuestro entorno social, determinadas ideas sobre lo que significa tener una vida exitosa.
Estudiar.
Conseguir un buen trabajo.
Formar una pareja.
Tener hijos —o decidir cuándo tenerlos—.
Comprar una casa.
Tener estabilidad económica.
Cuidar nuestro cuerpo.
Ser productivos.
Ser felices.
Y con el tiempo, muchas de esas expectativas dejan de sentirse externas.
Las incorporamos.
Entonces ya no necesitamos que alguien nos diga “deberías hacer esto”.
Nos lo decimos nosotros mismos.
La presión de compararnos
Las redes sociales agregaron una nueva dimensión a este fenómeno.
Antes podíamos compararnos con las personas que conocíamos. Hoy podemos hacerlo con cientos o miles de personas todos los días.
Vemos viajes, cuerpos, casas, emprendimientos, relaciones, familias, logros profesionales y momentos felices.
El problema es que solemos comparar nuestra vida completa con la versión seleccionada de la vida de los demás.
Y entonces aparece una sensación difícil de explicar:
“Todos están avanzando menos yo.”
Aunque nuestra vida esté bien, siempre parece existir algo que todavía deberíamos alcanzar.
Un poco más de dinero.
Un poco más de éxito.
Un mejor cuerpo.
Una relación mejor.
Una casa más linda.
Más viajes.
Más experiencias.
La lista nunca termina.
Cuando descansar genera culpa
Una de las consecuencias de esta presión es que incluso descansar puede convertirse en algo que sentimos que debemos justificar.
Si no estamos haciendo algo productivo, podemos sentir que estamos perdiendo el tiempo.
Y así, el descanso deja de ser una necesidad para convertirse en una recompensa que creemos que debemos merecer.
Pero el descanso no debería ser el premio por haber hecho suficiente.
Somos seres humanos, no máquinas de productividad.
Necesitamos momentos de pausa, aburrimiento, ocio y desconexión aunque no hayamos cumplido con todos nuestros objetivos.
El problema no es tener expectativas
Tener objetivos, deseos y proyectos no es algo negativo.
El problema aparece cuando esas expectativas se convierten en una medida permanente de nuestro propio valor.
Cuando sentimos que valemos más si somos exitosos.
Que somos mejores si tenemos determinada apariencia.
Que estamos atrasados si a cierta edad no conseguimos determinadas cosas.
Que estamos fallando si nuestra vida no se parece a la que imaginábamos.
En esos momentos, una expectativa deja de ser simplemente un objetivo y comienza a convertirse en una exigencia.
¿Y si nuestra vida no tiene que parecerse a la de los demás?
Quizás una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es:
¿Qué quiero realmente y qué aprendí que debería querer?
No siempre es fácil responder.
Porque muchas veces nuestros deseos están mezclados con mandatos familiares, culturales y sociales que incorporamos desde muy temprano.
Por eso, cuestionar nuestras expectativas no significa abandonar nuestros objetivos.
Significa empezar a distinguir entre lo que elegimos y lo que sentimos que tenemos que elegir.
Tal vez no necesitamos una vida más exitosa.
Tal vez necesitamos una vida que tenga más sentido para nosotros.
Vivir como creemos que deberíamos vivir
La presión social no siempre aparece como una imposición evidente.
A veces se presenta como una voz interna.
“Ya deberías haberlo conseguido.”
“Deberías estar más avanzado.”
“Deberías ganar más.”
“Deberías tener pareja.”
“Deberías querer ser madre o padre.”
“Deberías verte mejor.”
“Deberías estar disfrutando más.”
Y cuanto más natural nos resulta esa voz, más difícil es reconocer de dónde viene.
Por eso, revisar nuestras expectativas puede ser un ejercicio profundamente psicológico.
No para dejar de aspirar a cosas.
Sino para preguntarnos, con honestidad:
¿Esta es la vida que quiero construir o la vida que aprendí que debería querer?
Quizás no podamos escapar completamente de las expectativas de nuestra época.
Pero sí podemos empezar a reconocerlas.
Y a partir de ahí, elegir cuáles queremos conservar y cuáles ya no necesitamos cargar.
Esta semana en Ayres: “La presión de vivir como creemos que deberíamos vivir”.
Durante los próximos días vamos a mirar esta misma problemática desde diferentes lugares: depresión, maternidad, pareja, vínculos, dinero y autoestima.
Porque muchas veces el malestar psicológico no aparece solamente dentro de nosotros.
También tiene relación con el mundo en el que vivimos.
Ayres es una red de profesionales de la salud mental que acompaña a personas de Argentina, Uruguay, España y otros países hispanohablantes, ofreciendo espacios de atención psicológica adaptados a las necesidades de cada persona.